jueves, 18 de octubre de 2012

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA DE RICARDO SILVA ROMERO

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA DE RICARDO SILVA ROMERO
 ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA DE RICARDO SILVA ROMERO
DOS CARAS OPUESTAS DE UN MISMO PAÍS EN DOS NUEVAS NOVELAS
EL 19 DE OCTUBRE EN LAS LIBRERÍAS DEL PAÍS
 
©Juan Felipe Rubio
RICARDO SILVA ROMERO

Nació en Bogotá, Colombia, el 14 de agosto de 1975. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana e hizo una maestría en cine en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su tesis de grado “Todos los hombres del rey: documental sobre el relato de Paul Auster” fue elegida como una de las mejores del país en el año 1998. Ganó el Premio Nacional de Poesía de Bogotá en 1999 por el poemario Réquiem. Hace parte de Bogotá 39, el grupo de narradores latinoamericanos reconocidos por el Hay Festival. Es el autor de la obra de teatro Podéis ir en paz (1998), el libro de cuentos Sobre la tela de una araña (1999), la página de Internet de ficción www.ricardosilvaromero.com (2002), el poemario Terranía (2004), la biografía Woody Allen: incómodo en el mundo (2004) y el cuento ilustrado Que no me miren (Tragaluz, 2011). Pero su género más frecuente es la novela: ha publicado Relato de Navidad en La Gran Vía (2001), Walkman (2002), Tic (2003), Parece que va a llover (2005), Fin (2005), El hombre de los mil nombres (2006), En orden de estatura (2007), Autogol (2009), Comedia romántica (2012) y El Espantapájaros (2012). Sus relatos breves han aparecido en varias antologías. Ha sido colaborador de revistas tan disímiles como Arcadia, El Malpensante, Credencial, Gente y Babelia. Fue el comentarista de cine de la revista Semana desde mayo de 2000 hasta mayo de 2012. Escribió la columna “Lugares comunes” de la revista SoHo desde agosto de 2001 hasta mayo de 2009. Escribe la columna “Marcha fúnebre” del periódico El Tiempo desde mayo de 2009.


NOVELAS
 
Relato de Navidad en La Gran Vía, 2001
Walkman, 2002
Tic, 2003


Parece que va a llover, 2005
Fin, 2005
El hombre de los mil nombres, 2006


En orden de estatura, 2007
Autogol, 2009
Comedia romántica, 2012
El Espantapájaros, 2012

Cuentos
Sobre la tela de una araña, 1999
Que no me miren, 2011
Semejante a la vida, 2011

Poemas
Réquiem, 1999
Terranía, 2004
El libro de los ojos, 2012
Obra dramática
Podéis ir en paz, 1998
El falso Botero (guión), 2009
El Cucho (guión), 2009 

 ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA
RICARDO SILVA ROMERO
ALFAGUARA


LA OBRA
Érase una vez en Colombia (díptico de novelas, Comedia romántica y El Espantapájaros, 2012) [PORTADAS]
Editora: Carolina López Bernal. Diseño: Santiago Mosquera Mejía. Portada: Gisela Bohórquez. Corrección: Guillermo Díez Correa.

¿Por qué vienen juntas Comedia romántica y El Espantapájaros? En palabras del autor: “Porque la segunda le responde a la primera. Porque son la buena y la mala noticia. Porque, juntas, la tragedia y la comedia dan cuenta del drama. Porque ambos mundos se necesitan. Porque ambos mundos se definen mirándose a la cara. Porque ambos mundos se niegan. Porque ambos mundos se dan la espalda. Porque el optimismo viene de la constatación del horror y el horror espera en la paz de la vida. Porque la una es el pero de la otra. Porque prueba lo que me ha sucedido en mi carrera: que cada libro combate el anterior: Walkman es un hombre atrapado en una ficción porque Relato de Navidad en La Gran Vía es una ficción atrapada en la realidad, En orden de estatura es simple porque El hombre de los mil nombres era compleja. Porque es m intuición: porque mi intuición es que esos dos mundos juntos dicen algo extra del mundo. Porque en una hay un presente que carga un pasado mientras en la otra hay futuro que arrastra un presente. Porque ambos mundos caen en el sincretismo histórico: acá, en Colombia, en sus ciudades o en sus pueblos, en su Bogotá o en su lejano oeste venido todavía más a menos, se repiten las vidas posibles e imposibles de la historia, pero dentro de una decadencia que pocos pueblos han tenido que encarar. Porque son la reparación por crítica o por catarsis: por comedia o por tragedia. Porque el uno es poético en lo prosaico mientras el otro es prosaico en lo poético. Porque en una está el romanticismo: la búsqueda de la individualidad con el trasfondo de un país. Pero en la otra está el barroquismo: la individualidad sin ninguna clase de futuro. Porque, juntas, las dos novelas son un objeto nuevo: un rompecabezas, un cara y cruz, un díptico que tendría que verse en el plano material, en el plano físico: porque, en tiempos de internet, la gracia de la literatura es la propuesta de un juego que solo pueda darse en los libros. Y estos dos libros, juntos, formando uno solo en su diseño, engarzados de alguna manera, son un objeto nuevo.”

Comedia romántica (2012)

Historia: Benjamín Estrada y Martina Villa, un par de enamorados de unos treinta años que no han podido estar juntos, ni en Bogotá ni en la vida, por cuenta de las circunstancias de la juventud, pero que tienen la suerte de atraerse como si nunca fueran a dejar de ser un enigma el uno para el otro, se ven envueltos en una misteriosa conversación que los lleva por los dramas, las farsas y las noticias de última hora que pueden suceder en una sola vida.

El Espantapájaros (2012)

Historia: La implacable banda del comandante Cigarra entra al caserío de Camposanto en busca de un viejo bandolero que se hace llamar El Espantapájaros. Y entonces comienza la masacre. El ejército exterminador sin Dios ni ley va arrasando con todo lo que se encuentra en el camino, en el matadero, en la iglesia, en la plaza de piedra que es lo único que tiene ese lugar, empeñado en llevar a cabo un sanguinario ajuste de cuentas que no entiende del todo.

Sobre Érase una vez en Colombia (Comedia romántica y El Espantapájaros).

se ha dicho:
Dos novelas diametralmente opuestas. Una es un diálogo maravilloso de una pareja de amantes, que avanza en esa trenza de manera plácida y también con mucho sentido del humor, profundidad y reflexión sobre el asunto del amor. Y la otra es una novela en la cual la grandeza narrativa consiste en que la masacre de la que se habla es el personaje central y eso, creo, que es un gran hallazgo de técnica literaria, por un lado, y también un esfuerzo fundamental para que los de esta generación podamos mirarnos en el espejo y ver lo que le ha sucedido al país y a nuestras almas por ser colombianos y haber tenido que padecer estos tiempos. Daniel Samper Ospina, columnista y director de la revista Soho.

He leído cada una de estas dos novelas, El Espantapájaros y Comedia romántica, y me parece que están tan bien escritas (tan bien tejidas y entretejidas) que no sabría definir si la cruda violencia de la primera resulta más erótica que la aspereza amorosa de la segunda. En el primer cuerpo, el de El Espantapájaros, veo un “canto a la muerte” que pudiera ser, cómo no, un “canto a la vida” (como en la canción que se menciona, Qué bonita es la vida). En el segundo, el de Comedia romántica, veo un “canto a la vida” (como en la película que se menciona en ella, It’s a Wonderful Life), que pudiera ser un “canto a la muerte”, al desamor, a la incomunicación, a la soledad.

Nombres como “Espantapájaros”, “Camposanto”, “Gregorio”, “Cigarra”, “Matallana” o “Matamoros”, nos remiten a esa orgía de muerte que ha sido la historia de este país: las guerras internas, los mil días, la violencia cruda y crónica de regiones como el sur del Tolima, y, un poquito más allá, allende nuestras lindes, la barbarie de Nuestra América (la de Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, Uribe, Fidel y Raúl, Correa, Calderón, y toda esa cáfila de gobernantes y gobernanticos).

La “gracia” (el alma) del segundo cuerpo, el de Comedia romántica, consiste, a mi modo de ver, en un extenso diálogo entre sordos como Benjamín y Martina, que me recuerda esotra novela dialogada (también obra de teatro) que es la Comedia o tragicomedia de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina. La ventaja de las dos comedias, la de Silva Romero y la de Fernando de Rojas, está en que ambas son “comedias” en el sentido genuino de la palabra: crítica, crisis, crisol, como comedia fue la obra (y la vida) del Dante.

Ricardo Silva, con sus dos textos que en realidad son uno, nos enseña cómo se escribe, por un lado, la nueva novela de la violencia en Colombia, sin los inconvenientes de la obra de Caballero Calderón y de ese otro género que es la narconovela actual, mejor llamada “pornonovela”; y por otro, cómo se escribe un nuevo romanticismo, sin los paraísos bobalicones de María, Amalia o Manuela. Ángel Marcel, poeta.

Comedia romántica y El Espantapájaros son dos extremos de un mundo que parece no permitir que esas dos historias sucedan en un mismo territorio. Comedia romántica es una historia de amor que sucede a través de un diálogo, es una larga conversación donde uno acaba sintiéndose muy metido en la intimidad de una pareja que se conoce muy bien y que a través de la palabra nos muestra quiénes son. Tiene mucho humor, mucha calidez. En el otro extremo está El Espantapájaros que cuenta cómo ocurre una masacre y cómo se llega a ella. Aquí también hay una relación muy fuerte con la atmósfera.

Hay un diálogo entre estas dos historias que acaba siendo muy valioso y revelador y que lo deja a uno inquieto. Ambas historias se leen con gusto, hay un disfrute en la escritura porque es delicada y ágil, porque hay un trabajo de investigación detrás, porque en los diálogos la gente habla como se habla en estas situaciones, entonces se traza un dibujo muy fiel, pero al mismo tiempo hay un ritmo, una velocidad, un cuidado y una narrativa que responde a una sensibilidad, la de Ricardo Silva, y que es muy pulida, se fija en los detalles y nunca cae en la sensiblería. Melba Escobar, escritora.

Creo que no puede haber dos novelas más diferentes. Comedia romántica es una novela preciosa que celebra el amor en todas sus manifestaciones y con todas sus vueltas: con los miedos, con las inseguridades, con sus ternuras, con sus victorias; y El Espantapájaros es una novela de horror, un horror cercano y doloroso porque es el nuestro, el que vemos en las noticias, el que sabemos que pasa todos los días en este país: es la historia de una masacre. A mí me parece que es un experimento muy ingenioso y bien interesante sacar estas dos novelas que son tan diferentes, casi contradictorias, al mismo tiempo. Es como si la una fuera el espejo invertido de la otra. Pilar Quintana, escritora.

Sobre la tela de una araña (cuentos, 1999)
Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Editor original: Antonio Moreno, de Arango Editores. Portada original: Francisco López Arango.

Historia: En el discurso de apertura de un congreso el profesor Odrick Ravi anuncia su suicidio. A partir de ese momento, la vida de una serie de personajes a punto de explotar entrará en una crisis ridícula y casi inexpresable: un alcohólico conducirá una ambulancia, un editor descubrirá un mensaje de Dios en su contestador automático, Hitchcock será testigo de un asesinato, un estudiante se quedará atrapado en un ascensor, un ejecutivo sufrirá un ataque de risa en la junta de negocios de su vida, un cínico será testigo del nacimiento accidentado de su hijo, un cura inventará una homilía en contra del muerto, una mujer joven tendrá el peor cumpleaños de su vida, una clase de literatura revelará un secreto horroroso, un anciano confesará a sus hijos la verdadera historia detrás de la muerte de su gato, un escritor desempleado resistirá el peor de los insomnios y un personaje le declarará su amor a alguien en una página de internet.

Sobre Sobre la tela de una araña se ha dicho:
Detrás de todas las obras de Ricardo Silva Romero está la visión descarnada del hombre, del mundo y de la vida, la visión de un hombre perplejo ante su propia construcción racional, que en vez de humanizarlo lo escinde de la vida, que en vez de liberarlo lo atrapa en una red muy sutil que, aunque sea de araña, puede soportar, como queda dicho, el peso de cuantos elefantes caigan en ella, Ángel Marcel, poeta.

Un humor que, compasivo, sostiene al lector todo el tiempo y un lenguaje que nos persuade porque, a diferencia de muchos escritores jóvenes, no trata de impresionar. Luis Fernando Afanador, crítico de libros de Semana
El talento más visible de Silva es el humor, un humor que brota de su manera de contar las cosas por la vía de las imágenes, del non sense a lo Boris Vian, de la parodia, pero, sobre todo, por la fuerza misma de la narración, que toma un aire sonriente aunque la historia que cuenta sea terrible. Darío Jaramillo Agudelo, escritor (en revista Cambio).

Este joven publica su primer libro con un recurso bien original: una red de sucesos que rayan con lo demencial. El humor es una de las principales virtudes de su literatura. Más que el humor, el juego, la ambigüedad es una zona que le gusta explorar. Hollman Morales, periodista (en El Tiempo)
Relato de Navidad de La Gran Vía (novela, 2001).

Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Editor original: Pilar Reyes de Alfaguara. Portada original: Julián de Narváez.

Historia: En el parqueadero del centro comercial Hacienda Santa Bárbara, Pablo Uribe toma por equivocación el carro de la familia Silva Romero, idéntico al suyo, que el chofer había sacado sin permiso. Después de dejarlo en casa de sus dueños ingresa al apartamento vacío –los Silva están de vacaciones– donde teje de manera digital, en el computador que allí encuentra, el texto de la novela que después Ricardo Silva, cuando llega, glosa y completa con notas a pie de página, para darnos cuenta, con humor e ironía, de su antigua y juvenil visión del mundo, desde una soledad irredimible.

Sobre Relato de Navidad en La Gran Vía se ha dicho:
Publicado por Alfaguara, Relato de Navidad en La Gran Vía es un libro que recomiendo de antemano. Divertido a morir, se burla de los best sellers, las palabras pendientes, los círculos sociales, los políticos, las niñitas de colegios elegantísimos, los intelectuales jartísimos, las memorias de los revolcones y demás perendengues. En fin, con una moderna narrativa de extraño tono autobiográfico, se trata de una obra chévere para compartir y regalar. Roberto Posada, periodista (en El Tiempo)
Cada giro está tan bien concebido como en un filme de Hitchcock. Gatopardo.
Una mirada burlona a la soledad, la fama, la literatura, la política colombiana, los mitos culturales y sociales colombianos y otros elementos que son mostrados con humor negro, acidez y ternura por un escritor que estudió cine. Revista Cable
Afortunadamente nace para Colombia un escritor. Ricardo Silva Romero, con su obra Relato de Navidad en La Gran Vía. Tono parejo, que no decae, como un solo de violín. Arco templado. Narrativa original. Directo y sin concesiones. Crítica acerba llena de humor cáustico. Aura Lucía Mera, columnista.

Walkman (novela inédita, 2002)
Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Revisión original: Carolina Vallejo, de Raíz de Trébol. Portada original: Andrés Ortiz.
Historia: Es la Semana Santa de 1998 y Ricardo Silva Romero no logra dedicarse al oficio de escribir, a pesar de que el eneagrama, la quiromancia, la numerología, la carta astral y el tarot coinciden en que, por llamarse de esa manera, por ser quien es, tener las manos que tiene y haber nacido en Bogotá el 14 de agosto de 1975 a las 8:50 de la noche, está destinado para hacerlo. No es realismo mágico, no. Es magia de verdad. Magia negra, brujería. Como si viéramos una película sobre un viaje por los círculos del Infierno, recorremos de la mano del joven escritor nueve días de su vida en los que se ve particularmente asediado por la realidad. Mientras intenta terminar la autobiografía de un escritor de superación personal suicida, tiene que enfrentarse a la ciudad, a los seres deformes, a sí mismo, y, como si fuera poco, a la brujería de la que es víctima su familia.

Tic (novela, 2003)
Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Editor original: Patricia Miranda, de Planeta (Seix Barral). Portada original: Luis Carlos Cifuentes.
Historia: Sebastián Bernal, un abogado cínico, seco e insensible, pero culposo, amanece convertido en Gabriel Castillo, el pediatra de sus hijos, justo cuando se encuentra a punto de cumplir cincuenta años. Su vida, hasta ese momento, ha sido una suma de lugares comunes y pecados capitales que lo han alejado de su esposa y de sus hijos y lo han distanciado, irremediablemente, de su padre, todo un magistrado de la corte. El pediatra de sus hijos, mientras tanto, ha vivido la vida de un monje: le ha dedicado todas sus fuerzas a ser el hermano de sus hermanos y eL doctor de sus pacientes y ha hecho todo lo posible por mantener un bajo perfil que le garantice una vida en paz.

Sobre Tic se ha dicho:
Buena la novela como operación narrativa y buena la interpretación del autor de algunos síntomas de la contemporaneidad. Sebastián Bernal es el típico héroe degradado de nuestro tiempo. Su enfermedad moral no tiene más castigo que el de verse a sí mismo desde otro yo. Y esa visión, con toda la experiencia vital de un cuerpo y una rutina distintos, tiene, junto a la sanción, toda la forma de un lenitivo con el que su culpa alcanza la redención. Babelia

Tic es una novela que podría dar una divertida película. En todo caso, es una apuesta por el amor, por los afectos y por la vida misma, tan compleja e inabarcable, tan ininteligible a veces, tan capaz de zarandearnos del placer al sufrimiento. Ricardo Silva Romero ha dejado en Tic una escritura ágil y de acelerada andadura. No le falta inventiva ni dominio del oficio de contar directo y rápido. Maneja con absoluta soltura los mimbres precisos para desarrollar la historia. Nos transmite un temblor humano que, a través de sus personajes, acusamos con inmediatez. Estupenda sorpresa. Luis Alonso Girgado, periodista (en El Correo Gallego).
Tic, la muy divertida segunda novela de Ricardo Silva Romero, escritor de poemas, cuentos y páginas de internet de ficción y, además, columnista de SoHo y comentarista de cine de Semana, también está en la Feria del Libro de Bogotá. Editada por Seix Barral y con una portada que anuncia el tono humorístico que recoge todas sus páginas, Tic es la historia de un cínico abogado de familia que amanece convertido en el pediatra de sus hijos. Los que quieran encontrarán, en el fondo del absurdo, reflexiones sobre lo divino y lo humano. Los que solo desean reírse un buen rato tienen otra oportunidad, después del éxito de Relato de Navidad en La Gran Vía. Roberto Posada, periodista (en El Tiempo).

A pesar de su humor, Tic es inquietante y triste. Porque, a partir de su levedad, el sempiterno tema de la identidad no deja de cuestionarnos. En este tiempo, tan preocupados por reencarnaciones e inmortalidades del Yo, tendemos a olvidar el alma de nuestros vecinos. Sebastián Bernal, en el cuerpo de alguien muy cercano que nunca le había interesado, en el dolor y en la cotidianidad de un ser corriente, entenderá que su vida, de la cual tenía la mejor impresión, cabe en unas cuantas palabras, por cierto no muy afortunadas. Desde afuera, desde el cuerpo de Gabriel Castillo, verá su nadería, la pequeñez de su frágil identidad, y podrá apreciar, como nunca lo hubiera imaginado, el inmenso valor de un semejante. Luis Fernando Afanador, crítico de libros de Semana

Ricardo Silva escribe, con un estilo limpio y tranquilo, con muy buenos toques de humor y de penetración psicológica, una novela que captura completamente nuestra atención y al mismo tiempo nos hace reflexionar sobre el antiguo problema de nuestra identidad personal, y nuestra fantasía recurrente de querer ser a ratos otra persona. Héctor Abad Faciolince, escritor.

Con esa particular gracia y humor negro que caracterizan su literatura, en esta sátira del mundo moderno, que a la vez hace uso de los recursos que en este se nos dan, Ricardo Silva nos responde nuestras preguntas. Tic es un espejo de las soledades, las tristezas y las frustraciones que sienten muchas personas cuando comienzan a tocar a las puertas de la vejez. Juan Felipe Echeverry, periodista (en Agenda Cultural)

Lo que empezó como una historia ingeniosa se fue transformando en una “historia sencilla”: la suma del destino del hombre en un minuto, el descubrimiento del momento verdadero, el encuentro con la imagen perdida que nos ha acompañado desde siempre y que nos permitirá ser en el último minuto lo que fuimos. Cada vez escribe mejor, cada vez es más dueño del oficio, cada vez lo siento más lejos de sus maestros. Álvaro Castillo, librero de San Librario
Parece que va a llover (novela, 2005)

Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Editor original: Patricia Miranda de Planeta (Seix Barral). Portada original: Luis Carlos Cifuentes.

Historia: Juana Villegas, un mujer de 29 años que se ha quedado sin madre, sin empleo, sin dinero, camina hacia el consultorio en donde va a interrumpir su primer embarazo: se resiste a ser la mamá de algún hijo de su futuro esposo, no quiere darle explicaciones a su papá ni a su hermano menor, se niega a que la gente que la ha visto como un ejemplo se entere de que ha caído en el peor lugar común de las adolescentes. Todo sucede ese día: ella va a abortar en un momento, en unos cuantos minutos, pero, como el mundo no tiene por qué detenerse, los hechos, las preguntas, las conjeturas comienzan aperderse en su propia cabeza. Tendría que llover, para que todo fuera peor de lo que es, pero finalmente no llueve.

Sobre Parece que va a llover se ha dicho:

Silva Romero nos muestra, en esta tercera entrega, su sensibilidad absoluta ante el diario acontecer de este mundo contemporáneo, en el que las personas parecerían simplemente deslizarse, pero nunca comprometerse. Sin embargo, Silva es consciente de que ya no nos podemos hacer los de la vista gorda: que con cada acto o no-acto nos sobrecoge la sensación de la imposibilidad detrás de la que se esconde lo que tanto nos afana reconocer: la culpa. Es un libro que vale la pena leer porque, gracias a ese genial manejo de la narración, uno lo lee al ritmo del tiempo escrito; porque nos muestra un cuadro que es más una radiografía de esta sociedad bogotana; porque conocemos a cada uno de los personajes; y porque en nuestras vidas también ha habido Bernardos, Rodrigos, Jimenas y Carmencitas. Marta Kovacsics, traductora (en Pie de página).

Por mi parte me aventuro a confesar que recordaré por mucho tiempo la visión que de ese universo visible tiene Juana Villegas, la protagonista. Esta novela que carece de tonos e intenciones moralistas; cuyas palabras son llaves, a veces ganzúas, giran y hurgan, y abren espacios con sentimientos renovados, donde se apuesta por una forma de ser en el mundo, a pesar del mundo. Más optimistas quizás, alimentados por una nueva especie de fe, naturalmente no religiosa, sino algo muy vecino a la esperanza en el género humano (a pesar de que sobren motivos históricos para no tenerla). John Jairo Junieles, escritor (en Letralia).

Así empieza su nueva novela, la tercera, construida rigurosamente con la precisión de aquellos relojeros que vemos a veces, en el centro o chapinero, en un local pequeñito, con una lupa pegada al ojo, examinando minuciosamente las partes del reloj que permiten que creamos que el tiempo va avanzando. Pasando. Esa es su novela: la percepción de cómo pasa el tiempo mientras esperamos un instante decisivo y lo que acompaña esa espera, ese lento percibir del transcurso de los minutos, esa necesidad apremiante de que el tiempo corra, que pase rápido, que lleguen ya las seis y media. Álvaro Castillo, librero de San Librario
Fin (novela inédita, 2005).

Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Revisión original: Jorge Salazar. Portada original: Germán Pardo.

Historia: Todo parece indicar que el profesor Tobías McIntosh está siendo testigo de su propio funeral: nadie le habla, nadie lo ve, mientras el ataúd de turno va del altar de la iglesia a la carroza que encabezará la marcha fúnebre. ¿Qué le está pasando?: ¿es invisible o no es? ¿Por qué cantan esas tristes canciones inglesas? ¿Toda esa gente vestida de negro lo está llorando a él? ¿Acaso murió el día que le habían vaticinado? ¿Sufrió un infarto, un golpe en la cabeza, una caída de avión? Sus padres, que fueron el amor de su vida, murieron nueve meses atrás. Y lo más probable, ya que nadie busca consuelo en su hombro, es que esté muerto. Y que sus últimos meses de vida, una despedida de sus legendarias clases de Física, de la relaciones que logró construir en vida y de una pesada forma de ser en la que vivió encerrado como en una jaula, le hayan servido para morir en paz como al patito feo de Andersen le sirvió su recorrido para poder soportar su imagen en el agua.

El hombre de los mil nombres (2006)

Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo, Santiago Mosquera Mejía y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez. Editor original: Gabriel Iriarte, de Planeta (Seix Barral). Corrección: Elkin Rivera. Portada original: Luis Carlos Cifuentes.

Historia: Lester Brown, el productor de cine que cambió las reglas del mundo, nació el 29 de febrero de 1920 y murió el 11 de noviembre de 1993 en nombre de los aficionados a las películas. Gracias a sus constantes cambios de identidad –la herencia, quizás, de una familia cercada por la esquizofrenia– sobrevivió a las primeras maldiciones de Hollywood, a la brutal cacería de brujas de los años cuarenta y a las implacables normas del mercado que desde los ochenta se tomaron por completo la lógica de los grandes estudios. Nada podría haberlo preparado, sin embargo, para convertirse en el memorable redentor crucificado que encontrará usted en este libro.

Sobre El hombre de los mil nombres se ha dicho:

El hombre de los mil nombres, escrita por el bogotano Ricardo Silva Romero es, en palabras de su autor, “una biografía autorizada del difunto Lester Brown”, cineasta nacido en 1920 y asesinado en 1993 bajo el nombre de Philip Jacobs. Comparada con su producción anterior en narrativa, este libro “documental” se aleja de los escenarios y personajes propios de las obras previas, más no de la idea que está presente en toda la obra del bogotano, la búsqueda de otro que sustituya al Yo envuelto en una situación determinada (si en Relato de Navidad en La Gran Vía es el adolescente que entra a una casa ajena y entreteje su biografía con la biografía de los habitantes del apartamento que ha invadido, en especial con el más joven y cercano a su edad –el mismo Silva Romero–; en Tic es el abogado frívolo que, por razones que el autor no aclara, termina metido en el cuerpo del pediatra de sus hijos, quien a su vez entra al cuerpo del abogado; y en Parece que va a llover, si bien no hay una situación explícita de cambio de identidad, el mismo desplazamiento de la protagonista se convierte en una metamorfosis). De hecho –y esta es la idea que se busca probar aquí–, El hombre de los mil nombres se convierte en la prueba más clara de ese “fantasma” que es el hilo conductor de sus novelas, aun cuando Silva lo niegue. Andrés Sánchez, profesor universitario (en Otro lunes)

El hombre de los mil nombres, por obvias razones, se convertirá en un libro de culto para los cinéfilos. Sin embargo, me parece importante resaltar que su trama no es excluyente ni de gueto. La aventura humana de su protagonista puede llegar a conmover a cualquiera. Fue un gran hombre y un genio pero sus mejores batallas fueron batallas cotidianas que recuerdan la idea central de It’s a Wonderful Life, de Frank Capra: ninguna existencia vivida a fondo es inútil.

Aunque este no es un libro fácil de definir. Es una mezcla de biografía y de relato policial. Es la historia de un hombre que es asesinado como Philip Jacobs pero que nació como Lester Brown y durante su vida tuvo otras identidades. Es la historia real y pública de Hollywood –es decir del oprobio y el esplendor, del vil negocio y el arte– y la desgarrada y admirable historia íntima de un productor a quien el cine lo salva de la locura y el suicidio y lo redime de sus dramas familiares y de la intolerancia de la sociedad en que vive. ¿Se trata de hechos reales o ficticios? Aceptemos, en gracia de discusión, que hay hechos reales y hechos ficticios. Hay testimonios en apariencia falsos, dichos por personas que existen o existieron y testimonios con fuerza de verdad dichos por personas en apariencia ficticias. Aquí lo falso, en forma deliberada, se entrelaza con lo verdadero. Las citas de libros, películas, directores y páginas de internet, que pueden o no ser ciertas, son un guiño que el narrador le hace al lector y una invitación a un juego de homenajes que lo obliga a permanecer atento. Pero este pequeño juego, divertido y encantador en sí mismo, hace parte de un juego mayor.

El objeto final de esta actitud mistificadora, paradójicamente, es decir la siguiente verdad: es imposible que esta productor de cine no haya existido porque necesitamos de sus maravillosas películas, porque sin ellas el cine se empobrecería irremediablemente. Por lo dicho antes, yo he leído El hombre de los mil nombres como una novela, pero desde luego su riqueza consiste en que puede leerse perfectamente como biografía, thriller policial o historia del cine. Es más, no estaría dispuesto a pelear con alguien que me dijera que vio una película de Philip Jacobs (o Lester Brown) como tampoco lo haría con alguien que me dijera que leyó un artículo de Pierre Menard en una revista francesa. Y, desde ya, compadezco a los libreros que se armarán un lío a la hora elegir un stand para exhibirla en las librerías. Entonces, retomando mi interpretación, diría con Vargas Llosa que las novelas son mentiras verdaderas, mentiras que proclaman la verdad de lo que somos o nos gustaría ser, en contra de lo que es el mundo. Por eso están en desacuerdo con la realidad y se proponen corregirla. ¿Lo consiguen? Cervantes, el primero, el gran maestro, nos enseñó que sí y que el novelista que no tenga la sólida convicción de burlarse de la realidad y ponerla a tambalear está perdido. Luis Fernando Afanador, crítico de libros de Semana.

En orden de estatura (novela, 2007)
Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Editor original: Cristina Puerta Duviau, de Norma. Corrección: Adriana Delgado. Portada original: Gustavo Aimar.

Historia: Leopoldo tiene fiebre. Y su persona favorita en el mundo, la abuela que ve todos los días después del colegio, acaba de morir. Todo está mal. La gente lo mira de reojo, los días pasan sin gracia y sus cinco tíos dentistas se han llevado las cosas de su abuela sin pedirle permiso a nadie. Y entonces aparece Julia, su vecina de asiento en el bus, lista a ayudarlo en una tarea que en un principio parece demencial: la tarea de recobrar, uno por uno, los objetos que tanto le gustaban a la señora, ir, de casa en casa, de tío en tío, hasta recuperar cosa por cosa.

Nosotros los lectores de esta novela podemos ver al que fuimos y soñar con que todo “niño viejo” siempre encontrará el amor y la amistad en la vida y saber que las personas preferidas en el mundo habitan en nosotros y en los objetos que han amado cuando ya no están, siempre en orden de estatura. Álvaro Castillo, librero de San Librario.

Autogol (novela, 2009)
Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Editor original: Carolina López Bernal, de Alfaguara. Corrección: Pilar Londoño. Portada original: Santiago Mosquera Mejía.

Historia: El comentarista deportivo Pepe Calderón Tovar, fanático del fútbol desde que tuvo uso de corazón, se queda sin voz cuando es testigo de aquel autogol fatal que Andrés Escobar metió en el partido contra Estados Unidos en el mundial de 1994. Días más tarde, después de un recorrido delirante por su pasado, su salud mental y los hechos sórdidos que sucedieron en la selección colombiana de aquellos años, toma la decisión de asesinar al jugador. Y emprende una pesadilla que terminará involucrándonos a todos.

Sobre Autogol se ha dicho:

Silva Romero es un narrador de pluma tan vigorosa que por momentos la novela resiste la comparación con A sangre fría, en clave tercermundista. No solo por su ambición en contundentes 399 páginas (más un anexo de otras 60), también porque la historia supera de lejos el desastre doméstico y es capaz de convertirse en un espejo mayor, en el que se reflejan las turbias aguas que han corrido en la historia de los mundiales de fútbol. Patricio Jara, periodista (en Qué pasa).

No solo es una apasionante novela sobre el fútbol, sino uno de los mejores libros para entender al país; un trabajo literario impecable, minuciosamente documentado, que interpreta como pocos la epilepsia emocional que es ser colombianos, y que habla por una generación entera a la que Silva interpreta como nadie. Una novela inolvidable. Daniel Samper Ospina, columnista y director de la revista Soho.

Sin señalamientos ni indagatorias, pero sí con notable rigor y sarcasmo en dosis exactas, esta obra escarba en el que seguramente es el más doloroso de nuestros traumas nacionales recientes y, en últimas, dice lo que nadie quiere oír: no importa tanto quién mató a Andrés Escobar como saber que lo pudo haber hecho cualquiera de nosotros. Federico Arango Cammaert, periodista.

Sin siquiera sospecharlo, el destino de Andrés Escobar y del Gordo Pepe Calderón Tobar estaba marcado por el resultado del partido Colombia - Estados Unidos y el autogol simplemente desencadenó la maldición. La ilusión de la participación de Colombia en el Mundial de 1994 terminó en la tragedia de la cual aún no nos recuperamos. El libro es una fotografía cruda de nuestro país, pero no por ello debemos perder la esperanza de que nuestro fútbol algún día cambie y se convierta en el reflejo de nuestras alegrías y no sea el espejo de nuestras pesadillas. Carlos González Puche, director de la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales.

Autogol parece ser la novela sobre una ira colectiva “disfuncional” que no halla consuelo tan rápidamente y que excede, con mucho, los límites de lo deportivo. Por eso allí es interesante dirigir la mirada, tanto a través de esta ficción como por fuera de ella, a esa sociedad en la que hay bases fértiles para tremenda locura. Andrés Bacigalupo, periodista deportivo (en Revista Replicante)

Semejante a la vida (volumen de cuentos inédito, 2011)
Edición revisada en 2012 por Carolina López Bernal, Natalia García Calvo y Ricardo Silva Romero. Portada: Gisela Bohórquez.

Historia: una bodega de cuarenta cuentos publicados en antologías, revistas y periódicos de Hispanoamérica –Semejante a la vida, El marido de Maria Klossner, El Cucho, El señor Block y Diagonal han aparecido en varias compilaciones–, que con el paso de las páginas no solo va describiendo el camino de la infancia a la vejez sino de paso la última década de la vida del autor.

SOBRE RICARDO SILVA ROMERO SE HA DICHO:

Me gusta mucho la forma en que Ricardo construye sus historias. Cada una de sus novelas establece un diálogo con una obra clásica. Así, en Parece que va a llover reescribe, a su muy peculiar manera, Alicia en el País de las Maravillas, así como El hombre de los mil nombres es su versión de El Conde de Montecristo. Pero no se trata del simple y directo parafraseo: hay que ser un poco detective para encontrar ese texto que subyace. Eso pasa, quizás, porque si bien dicha obra canónica puede ser el punto de partida, en el camino se impone la voz, la personalidad y el estilo de Ricardo. El sello Silva Romero, que tiene personajes frágiles pero heroicos, llenos de dignidad, historias extrañas, un humor que tiene regusto a melancolía y, al final, tras la derrota, una ventanita por donde se alcanza la redención. Antonio García Ángel, escritor (en Otro Lunes)

De los autores jóvenes colombianos es el que tiene un estilo, un tono de voz, que más admiro. Ha creado su propio universo literario; novela tras novela, su voz, que es inconfundible, no sólo se afirma sino que también se decanta. Me gusta de su obra que, a la vez que habla de los grandes temas del espíritu humano, que es la tarea de la literatura, consigue comentarlos dentro de un marco que da cuenta de su época, de su ciudad, de su lugar en el mundo. Pocos escritores de mi generación son tan completos como Silva, y creo que su novelística se ve agrandada por otros oficios que maneja con destreza, como la poesía, como los guiones. Daniel Samper Ospina, columnista y director de la revista Soho (en Otro Lunes)

Me encantaron Parece que va a llover, El hombre de los mil nombres y Autogol. Cada uno en su estilo es un gran libro. Parece que va a llover es una historia bogotana que lo atrapa a uno desde el comienzo, con una dosis de humor muy bien manejada, así como toques de fantasía delirante, como inventarse que Millos le había ganado 4 a 0 a Santa Fe. El hombre de los mil nombres me pareció genial, uno, aun a sabiendas de que el personaje es de ficción, creía que era un relato histórico. Me pareció un recurso muy original para que un cinéfilo como Ricardo escribiera sobre cine y retratara la visión que él tiene de Hollywood. Autogol me pareció sencillamente magistral. De nuevo mostró su habilidad para combinar realidad y ficción, periodismo de investigación y literatura, esta vez a través de un muy doloroso episodio del deporte colombiano, como fue el desastre de la selección Colombia en el Mundial de Estados Unidos, que se remató con el asesinato de Andrés Escobar. Es un retrato triste y doloroso de los periodistas de radio, que en cualquier momento los bajan de la nube y se quedan sin nada en la vida. Eduardo Arias Villa, periodista (en Otro Lunes)

Ricardo Silva es uno de los autores colombianos más originales de la literatura actual, es un constructor de un universo literario propio y consecuente en donde lo cotidiano revela sus aspectos más absurdos. Sin embargo, la extrañeza de las situaciones y de los personajes no logra desenmarcarlos de una realidad común a los lectores, y en cambio sí logra generar asombro, encanto, risa, admiración, curiosidad. El acontecer diario de quien puede ser una persona del común, de pronto se ve alterado por algo que en un momento dado se puede considerar una simple equivocación, pero que al descartarlo como tal pasa a considerarse una broma pesada de quien dispone de nuestros destinos. Hay una sensación de que los protagonistas de sus libros luchan solos contra un mundo donde los adversarios son los demás. Pero esa batalla no es otra cosa que la vida misma, nada diferente al sentir diario que tenemos cuando percibimos que los demás confabulan contra nosotros. Son héroes anónimos, salidos del común, que no luchan contra los grandes males sino en procura de un bienestar que se vio alterado por una zancadilla del destino. Lo prometedor, al final de cada historia, es que estos héroes cotidianos terminan ganando esas pequeñas grandes batallas sin incurrir en tonos épicos. Jorge Franco, escritor (en Otro Lunes)

Los grandes escritores siempre reflejan en sus obras un universo particular, una forma de ver las cosas única, que está presente por igual en su estilo y en sus personajes. Lograr eso es la maestría, y no es nada fácil. Eso me impresionó siempre de Ricardo también: que lograra llevar a sus novelas y a sus cuentos, y a sus poemas, su mundo, sus ideas, la sutileza de sus juicios sobre los hombres y las cosas. Lo mismo pasa con sus columnas: tienen un estilo único, que sólo podía ser de Ricardo. Pueden hablar de cualquier cosa –desde la corrupción política hasta las desvergüenzas del alma nacional– pero siempre están dichas como en secreto, a los amigos. Y pueden ser durísimas e implacables (quizás nadie diga en la prensa colombiana las cosas que Ricardo dice, ¡en El Tiempo, último escombro del Establecimiento!) pero no invitan al odio ni a la amargura, ni siquiera a la indignación: invitan a la lástima, a sentir pena por nosotros mismos y por los demás. De los escritores de mi generación, Ricardo Silva Romero me parece el mejor. De los columnistas de la prensa colombiana, me parece un consuelo y una razón enorme para saber que no todo en el tiempo está perdido. Juan Esteban Constaín, escritor (en Otro Lunes)

Melinda y Melinda, de Woody Allen –un director de cine caro a los afectos de Ricardo Silva– se plantea el reto de contar una historia como una tragedia y como una comedia. ¿La vida es una tragedia o una comedia? Hay gente como Woody Allen, como Larry David y Ricardo Silva que no lo saben y esa tensión constituye el alimento de todo lo que escriben y hacen en la vida. Se pueden hablar de un talante, de un pathos, aunque con ellos uno corre el riesgo de caer bajo el juego de las palabras: su humor es verbal y lapidario. Repaso en mi mente la obra de Ricardo Silva y siempre me encuentro con que es mejor “reír para no llorar”, según proclama la rama más fructífera del judaísmo: la del judaísmo intelectual y escéptico. El humor y la tragedia, esa es la constante, lo cual no quiere decir, de ninguna manera, que se trata de una obra repetitiva. Al contrario, siempre será una sorpresa la trama de su nuevo libro. Sin dejar de ser él mismo, es capaz de asombrarse y gozar con la diversidad de las historias. Por eso es que me gusta. Luis Fernando Afanador, crítico de libros de Semana (en Otro Lunes)

En las novelas de Ricardo Silva el lector puede encontrar, detrás de tramas entretenidas, que atrapan, reflexiones implícitas sobre temas que a todos nos atañen: la incomunicación con los otros, la búsqueda del sentido en medio de la rutina, la pregunta por la identidad, el amor, el lugar que ocupamos en sociedades llenas de esnobismo y mediocridad. A Ricardo Silva le interesan las encrucijadas éticas, el peso de lo moral en la vida diaria. Y aborda la cotidianidad, precisamente, no desde un realismo craso que resultaría poco estimulante, sino creando situaciones que nos mantienen al borde del absurdo, hilarantes, casi kafkianas. Universales, pero también muy reveladoras de nuestra idiosincrasia latinoamericana. Ricardo Silva, el amigo, es un hombre de ojos vivaces y humor ligeramente perverso. Y sin embargo ese humor, signo de su inteligencia, y también escudo detrás del que se parapeta –pues es un hombre discreto en relación con sus sentimientos y su vida privada– jamás daña, pues Ricardo es un hombre íntegro, un ser en el que sus amigos pueden confiar. Talentoso, disciplinado, versátil, Ricardo es también un ser cálido, que aúna una visión racional, poco romántica del mundo, con un fondo emotivo que se transparenta siempre en su palabra. Piedad Bonnett, escritora (en Otro Lunes)

Sarah Lee Méndez

Directora / Jefe de Prensa / Editora Contenido / Fotógrafa / Twitters: @AnastasiaLeeEdi @revistawhatsup @ / Instagram @sarahleefotografia

Con más de una década de experiencia en relaciones públicas, manejo de redes sociales, CM, diseño de Blogs, fotógrafa para eventos.

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