martes, 30 de octubre de 2012

invitarción a la presentación de la más reciente novela de Andrés Neuman, Hablar solos, editada con el sello Alfaguara

editada con el sello Alfaguara Hablar solos invitarción a la presentación de la más reciente novela de Andrés Neuman
Andrés Neuman, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2009 y del Premio de la Crítica 2010 por El viajero del siglo, se encuentra en Bogotá para promocionar su más reciente novela “Hablar solos”.

El autor

Andrés Neuman, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2009 y del Premio de la Crítica 2010 por El viajero del siglo, nació en 1977 en Buenos Aires. Hijo de músicos argentinos emigrados, vive en Granada desde los 14 años y posee la doble nacionalidad hispano-argentina. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde trabajó como profesor de Literatura Hispanoamericana.

Mediante una votación convocada por el Hay Festival, fue incluido en la lista Bogotá-39 entre los más destacados jóvenes autores nacidos en Latinoamérica. Más tarde fue seleccionado por la prestigiosa revista británica Granta como uno de Los 22 mejores narradores jóvenes en español. A los 22 años publicó su primera novela, Bariloche (Anagrama, 1999, reeditada en bolsillo en 2008), Finalista del Premio Herralde y elegida entre las mejores del año por El Cultural del diario El Mundo.

Sus siguientes novelas fueron La vida en las ventanas (Espasa, 2002) y Una vez Argentina (Anagrama, 2003). Con El viajero del siglo (Alfaguara 2009), traducida a once idiomas, Neuman consiguió las mejores críticas a nivel internacional. La novela obtuvo el Premio Alfaguara, el Premio de la Crítica y el Premio Tormenta, además de ser elegida entre los libros del año por los críticos de El País, El Mundo y los diarios holandeses NRC y De Volkskrant.


Sus reflexiones a propósito del viaje de promoción por toda Latinoamérica se recogen en su libro de crónicas relámpago, Cómo viajar sin ver. Latinoamérica en tránsito (Alfaguara, 2010). Ha publicado asimismo los libros de cuentos El que espera (Anagrama, 2000), Alumbramiento (Páginas de Espuma, 2006), El último minuto (reeditado por Páginas de Espuma, 2007) y Hacerse el muerto (Páginas de Espuma, 2011); el libro de aforismos El equilibrista (Acantilado, 2005); y, entre otros, los poemarios El jugador de billar (PreTextos, 2000), El tobogán (Premio Hiperión de Poesía 2002), La canción del antílope (Pre-Textos, 2003) o

Mística abajo (Acantilado, 2008). El volumen Década. Poesía 1997-2007 (Acantilado, 2008, reeditado en bolsillo en 2012) recopila sus libros de poemas. Escribe regularmente en su blog Microrréplicas, considerado como uno de los mejores blogs literarios en español, según una encuesta realizada por El Cultural de El Mundo.

La obra

«Tuve que hacerlo así. Tenía que fabricarte ese recuerdo.» (Mario)
«Cuanta más culpa siento, más me repito que yo también merezco alguna satisfacción.» (Elena)
¿Por qué a papá y mamá les gusta tanto hacer lo que me dicen que no se hace?» (Lito)

La nueva novela de Neuman despliega tres voces solitarias que, sin saberlo, van componiendo un emocionante diálogo. La narración nos presenta tres aventuras paralelas. La aventura de padre e hijo, Mario y Lito, quienes emprenden juntos un decisivo viaje a través de una geografía que parece localizada en la imaginaria frontera entre España y Latinoamérica. El camino final de Mario, que repasa con urgencia su vida mientras espera la muerte. Y la aventura de Elena, esposa y madre, que se embarca en una experiencia límite, tanto sexual como literaria, en un desesperado intento por mantenerse a flote. Sus voces constituyen una exploración en las tres formas del habla: la mental, la oral y la escrita. El divertido monólogo interior de Lito. La vibrante despedida que graba Mario. Y el brutal diario de Elena.

La novela se articula por medio de los cruces y contrastes entre estas tres voces, siempre solas y a la vez acompañadas. Quizá como nosotros.

Lito acaba de cumplir diez años y se siente infinitamente mayor que cuando tenía nueve. Está entusiasmado porque ha conseguido al fin lo que deseaba: viajar con su padre en el camión del tío Juanjo, transportista. Semejante viaje supone para él toda una aventura. Así nos lo cuenta desde el asombro de su tierna y lúdica mirada, que se amplía y bifurca como las carreteras que recorre con su padre. Mientras van sucediéndose los kilómetros, los paisajes y los hostales de carretera, la relación con su padre se estrecha y queda marcada para siempre. Mario tiene una entrega que realizar y Lito lo acompaña, expectante.


Mario sabe que le queda poca vida y ansía recuperar el tiempo perdido. Por eso siente la necesidad de regalar un viaje a su hijo Lito, con la intención de dejarle un recuerdo inolvidable. Tras las múltiples peripecias del viaje, ya desde la cama de un hospital, grabará todo lo que se le pase por la mente: anécdotas íntimas, recuerdos familiares, pensamientos sobre la vida, la muerte, la enfermedad y el tiempo, revelándole a Lito algunos secretos sobre aquella aventura que vivieron juntos. Una carta oral. Una conmovedora despedida para que algún día su hijo pueda escucharla.

Elena, personaje central de la novela, se queda mientras tanto esperándolos en la ciudad. Angustiada por lo que pueda ocurrirles durante el viaje, se ve envuelta en una impactante y compleja relación sexual con el amante más insospechado. Entonces hace un descubrimiento que la avergüenza: el dolor físico, la agresión de la carne, es lo único que la hace sentirse viva. Elena escribe un diario donde narra con crudeza sus vivencias y lidia con la culpa. Lectora compulsiva, introduce anotaciones personales en cada libro, sumergiéndose en las idas y vueltas que comunican la ficción con la realidad. A partir de estas lecturas, Elena irá improvisando una pequeña antología sobre las relaciones entre literatura y enfermedad. Cuando Mario y Lito regresan a casa, Elena vuelve a su rol de madre, esposa y fiel cuidadora. Las confesiones de su diario, sin embargo, nos revelan el lado oscuro de madres, esposas y cuidadores. Elena muestra cómo la realidad del cuidador, figura tan importante como a menudo omitida, no se limita a la entrega o al sacrificio, sino que incluye también un entramado de miedos, deudas pendientes, fantasías perversas. De esas contradicciones hablamos poco. Y de eso nos habla, salvajemente, Elena.

A la hora de contar la pérdida de un ser querido, nuestra atención se suele concentrar en el enfermo. Pero, ¿qué pasa con quien lo asiste? ¿Quién narra su historia? En suma: ¿cómo vivimos la pérdida y sobrevivimos a ella? Alternando ágilmente los puntos de vista de Lito, Mario y Elena, Hablar solos reformula la tradición de la road movie. La novela se inicia con el clásico relato de iniciación masculina, para pronto adentrarse en la aventura personal, y no menos arriesgada, de la mujer que ha quedado excluida del viaje. Como si, en vez de esperar a Ulises, Penélope saliera a la intemperie. Vida y muerte. Placer y dolor. Eros y Tánatos. Nunca estuvieron más cerca.

Extractos de… Hablar solos

Fragmentos del diario de Elena

Sigo esperando que Mario responda mi mensaje. Siento una mezcla de calor y nerviosismo. Una necesidad de rascarme fuerte todo el cuerpo, hasta arrancarme algo que no sé qué es. No me gusta que Mario atienda el teléfono mientras conduce. Así que estoy en sus manos. Él me asfixia mientras aprieta el volante. Lo va girando. Me retuerce el pescuezo. Basta. No pienso escribir más hasta recibir ese mensaje. Hasta hace no tanto adoraba las mañanas, me levantaba ansiosa por llenarme de luz, iba al trabajo con la certeza de estar acompañada. Ahora prefiero la noche, que al menos tiene cierta cualidad de paréntesis, algo de cámara aséptica: todo parece un poco mentira en la oscuridad, nada parece dispuesto a seguir sucediendo.

Saco el teléfono del bolso, lo aprieto, lo consulto, lo dejo sobre la mesa, lo guardo de nuevo en el bolso, vuelvo a sacarlo. Parezco una delincuente. Me pregunto si, quizá sin darnos cuenta, vamos buscando los libros que necesitamos leer. O si los propios libros, que son seres inteligentes, detectan a sus lectores y se hacen notar. En el fondo todo libro es el I Ching. Vas, lo abres y ahí está, ahí estás.

Los libros me hablan más de lo que nos hablamos. Leo sobre enfermos y muertos y viudos y huérfanos. La historia entera de los argumentos cabría en esa enumeración. Me desprecio al escribirlo, pero a veces el cuerpo de Mario me da asco. Tocarlo me cuesta tanto como le cuesta a él mirarse en el espejo. Su piel reseca. Su silueta huesuda. Sus músculos blandos. Su calvicie repentina. Yo estaba preparada para que envejeciéramos juntos, no para esto. No para dormir con un hombre de mi generación y despertar junto a un anciano prematuro. Al que sigo queriendo. Al que ya no deseo. Sé que lo que estoy haciendo es miserable. Supongo que voy a sentir unos remordimientos extremos. Muy bien: todo es extremo.

Él ansía golpearme y que yo lo golpee. De arriba abajo, de pies a cabeza. Me pide que lo penetre con toda clase de objetos domésticos. Cuanto más amenazantes parezcan, más lo entusiasman. Ezequiel me propone cosas que, hasta hace bien poco, me habrían parecido denunciables. Colecciona películas terribles que me excitan de una forma que más tarde me avergüenza.

Dice la tradición que el sexo desemboca en la pequeña muerte. Ahora creo que quienes lo repiten no han sentido el placer del daño. Porque con Ezequiel me sucede lo opuesto: cada polvo provoca una resurrección.

Y algo más. Algo que me sitúa al nivel de las ratas. De las ratas conscientes, por lo menos. Mientras observaba cómo Ezequiel tocaba a mi marido en nuestra cama de matrimonio, cómo deslizaba las manos sobre sus hombros, sus omóplatos, su abdomen, de repente sentí celos. De los dos.

Yo cambio camas, cocino, callo. Voy y vengo como una sonámbula. Pienso cosas que no quiero pensar. La compasión destruye a su manera. La compasión es un ruido que interfiere en todo lo que Mario dice o no me dice. De noche, junto a su cama, no consigo dormirme oyendo ese ruido.

A veces me siento furiosa con él. Ha sido derribado, sí, le han disparado por la espalda. Pero la consecuencia es que se ha alejado de nosotros. Como si nos hubiera abandonado para ir a una guerra que nadie más conoce.

El sueño postergado empieza a degenerar en costumbre. En una especie de entrenamiento insomne. Mi estado habitual es esta mezcla de falta de descanso e incapacidad para descansar. Así que escribo.

La acción parece drásticamente clara: cuidar, velar, abrigar, alimentar. ¿Pero y mi imaginación, que también ha enfermado? ¿Me equivoco anticipándome, ensayando una y otra vez lo que vendrá? ¿Eso me prepara para la pérdida de Mario? ¿O me arrebata lo poco que me queda de él?

Cuanta más culpa siento, más me repito que yo también merezco alguna satisfacción. Que, desde tiempos remotos, los más respetables padres de familia han disfrutado de sus amantes, mientras las imbéciles de sus esposas cumplían con la obligación de serles fieles.

Me asfixia estar esperando una muerte para reanudar mi vida, sabiendo de sobra que, cuando suceda, voy a ser incapaz de reanudarla.

Los adultos, ya no digamos las madres, preferimos que la infancia sea ingenua, agradable y tierna. Que sea, en suma, al revés que la vida. Me pregunto si, por evitarles el contacto con el dolor, no estaremos multiplicando sus futuros sufrimientos.

Cuando un libro me dice lo que yo quería decir, siento el derecho a apropiarme de sus palabras, como si alguna vez hubieran sido mías y estuviera recuperándolas.

Me asusto cuando a veces, momentáneamente, te olvido. Entonces corro a escribir. No tendrás queja. Hasta olvidarte me recuerda a ti.

Fragmentos de la grabación de Mario
¿Te acuerdas de cuando nos llamaba por teléfono?, a veces había poca cobertura, le decíamos que la llamábamos en la próxima parada y después nos olvidábamos, entonces la pobre insistía preocupadísima, yo te pasaba el teléfono a ti para que se enfadara menos, cuando te sientas en el camión es como si estuvieras viendo una película muy larga, ¿no?

Pero en lo que más pienso ahora, de lo que más me acuerdo, es de cuando dormíamos los dos juntos en el camión, así, de costado, medio incómodos, yo te apretaba el pecho, te sentía respirar y no pegaba ojo, me pasaba la noche entera eufórico, escuchando todos los ruidos.

Entran, salen, te cambian esto, lo otro, no sé ni qué me ponen, ya ni les pregunto, es humillante, sólo me faltan los pañales, yo no quería, ¿por qué mamá no viene y me saca de aquí?, ¿por qué las visitas no me miran a los ojos? Yo no quería compasión, lo único que quería era un poco de tiempo.

Saber que voy a morirme me hace quererla más, he descubierto el amor al enfermarme, es como si tuviera ciento veinte años, todavía soy joven, un joven de ciento veinte años, ¿y te digo algo?, no me merezco ese amor, porque antes de saber que iba a morirme no supe sentirlo.

Lito, yo quiero que nos recuerdes así, viajando juntos, ahora los recuerdos, hasta los más tontos, desprenden una luz.

Fragmentos del relato de Lito

Nos acostamos de espaldas al volante. La litera está dura. Papá me pasa un brazo por encima. Su brazo huele a sudor y un poco también a gasolina. Eso me gusta.

Cuando cierro los ojos empiezo a escuchar a los grillos. ¿Los grillos nunca duermen? Mamá no sabe usar el teléfono, me río. ¿Cómo que no?, dice papá. Si lo usa todos los días. Y lo tiene desde antes de que tú nacieras, artrópodo gruñón. Bueno, contesto, pero no sabe. Siempre manda mensajes con veinte o treinta letras de más. Así le sale más caro. Y desperdicia como cien letras. En algunas cosas, dice papá, no hace falta ahorrar.

Pasamos un cartel que dice: Valdemancha. Este último día de viaje me está pareciendo el más corto. Vamos con la radio bien alta. Sigo el ritmo de la música con las piernas. Papá casi no habla. Me pongo a contar los coches que nos cruzamos. De repente se me ocurre una idea. Papi, digo, ¿podemos ver el mar? Él no contesta. No sé si me ha escuchado. Ni siquiera parpadea. Pero de pronto dice: Podemos. Y cambia de carril.


La crítica ha dicho sobre…
Hablar solos

« ¿Qué pasa cuando tres personajes se ponen a hablar solos en una novela? ¿Es un testimonio de lo que les ocurre, un pedido de auxilio, o una forma de que las palabras los acompañen? En ese caso el resultado es una bella y trágica novela, al tiempo que gozosa en su afán de rescatar la memoria del deseo».

Silvia Hopenhayn, La Nación de Buenos Aires, Argentina

«Hablar solos marca, sin lugar a dudas, un estadio de madurez. La enfermedad como realidad, pero también como metáfora de un pasaje, de una trasformación, de la irreversible obsolescencia de los vínculos».

 Juan Pablo Bertazza, Página 12, Argentina

Sarah Lee Méndez

Directora / Jefe de Prensa / Editora Contenido / Fotógrafa / Twitters: @AnastasiaLeeEdi @revistawhatsup @ / Instagram @sarahleefotografia

Con más de una década de experiencia en relaciones públicas, manejo de redes sociales, CM, diseño de Blogs, fotógrafa para eventos.

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