domingo, 9 de marzo de 2014

LA VIDA QUE PENSAMOS. Cuentos de fútbol - Eduardo Sacheri

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LA-VIDA-QUE-PENSAMOS-Cuentos-de-fútbol-2014-Eduardo-Sacheri

Colección: Hispánica
Formato: 15 x 24 cm
Páginas: 336
ISBN: 978-607-112-766-2
Nacionalidad autor: Argentina
PVP: $41.000

La obra 

La pasión que Eduardo Sacheri tiene por el futbol es la misma que siente por la vida. Lo descubrimos en La vida que pensamos, antología que reúne gran parte de sus cuentos, algunos ya clásicos, como “Esperándolo a Tito”, relato que le dio nombre a su primer libro o “Me van a tener que disculpar”, en el que expone su irracionalidad ante Maradona; así como cuentos recientes e inéditos que, como en una final de campeonato, vuelan el balón hasta nuestras manos. 

A Sacheri le gusta contar historias de personas comunes, como él, de aquellos que siguen a su equipo, como en “El cuadro del Raulito”, una herencia casi sanguínea de amor a la camiseta. Historias de amor, dolor, traición y triunfo, él mismo lo ha declarado, y en México lo hemos podido constatar con Papeles en el viento y La pregunta de sus ojos, novela llevada al cine por Juan José Campanella con el título El secreto de sus ojos, merecedora del premio Oscar como mejor película extranjera, en 2010. 

En La vida que pensamos, Eduardo Sacheri, heredero de Mario Benedetti, quien en 1955 publicó el cuento “Puntero izquierdo”, dando origen al género del futbol en la literatura, siente el estadio como el centro del universo, pues no hay tanta “crítica y frustración” entre los lectores de un partido de futbol, como un gol en el último minuto de juego. «Me gusta contar historias de personas comunes y corrientes. Personas como yo mismo. Personas como las que han poblado siempre mi vida. 

Ni siquiera sé por qué son ésas las historias que me nace contar. Tal vez, porque me seduce y me emociona lo que hay de excepcional y de sublime en nuestras existencias ordinarias y anónimas. En esas vidas habita con frecuencia el fútbol. Porque lo jugamos desde chicos. Porque amamos a un club y a su camiseta. Porque es una de esas experiencias básicas en las que se funda nuestra niñez y, por lo tanto, lo que somos y seremos. Creo que todas las historias que contamos buscan acceder, de un modo u otro, a los grandes temas que gobiernan nuestras vidas como seres humanos. 

El amor, el dolor, la muerte, la amistad, la angustia, la traición, el triunfo, la espera. Y sin embargo, no resulta sencillo ingresar en esos temas de frente y sin atajos. El fútbol, como parte de esa vida que tenemos, es una puerta de entrada a esos mundos íntimos en los que se juegan asuntos mucho más definitivos. Un escenario, o un telón de fondo, de las cosas esenciales que señalan y definen todas las vidas.» 

Eduardo Sacheri
© Diego Sandstede
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El autor

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires, Argentina, en 1967. Profesor y licenciado en Historia, ejerce la docencia universitaria y secundaria. Publicó los libros de relatos Esperándolo a Tito (2000; Punto de Lectura, 2012), Te conozco, Mendizábal (2001; Punto de Lectura, 2012), Lo raro empezó después (2004; Punto de Lectura, 2012), Un viejo que se pone de pie (2007; Punto de Lectura, 2012) y Los dueños del mundo (Alfaguara, 2012); y las novelas La pregunta de sus ojos (2005; Alfaguara, 2009; Punto de lectura, 2012), Aráoz y la verdad (Alfaguara, 2008) y Papeles en el viento (Alfaguara, 2011).

La pregunta de sus ojos fue llevada al cine por Juan José Campanella con el nombre El secreto de sus ojos, film que se convirtió en una de las películas más exitosas de la historia del cine argentino, fue distinguido con numerosos premios —entre los que se destaca el Oscar a la mejor película extranjera (2010) — y cuyo guion estuvo a cargo de Sacheri y Campanella. Aráoz y la verdad fue adaptada al teatro.

Sus narraciones han sido publicadas en medios gráficos de la Argentina, Colombia y España, e incluidas por el Ministerio de Educación de la Nación en sus campañas de estímulo de la lectura. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. Colabora en diarios y revistas nacionales e internacionales.

La crítica ha dicho sobre…
Eduardo Sacheri


«Sacheri logra como pocos darles una proyección universal a las historias que cuenta. Historias de gente común donde lo cotidiano se vuelve épico.»
Juan José Campanella

«Cada historia de Eduardo Sacheri es un partido de vida que se mira con placer y sentimientos. Tiene una manera de llevar la pelota en medio de todas las palabras que es un lujo. Pone garra y corazón, porque transpira las ideas. Se la deja servida en bandeja a la expectativa que prefigura el desenlace. Y al final es el estallido del regocijo.»
Clarín

«Sacheri ha logrado construir un estilo propio en su obra, en su forma de crear climas, en su capacidad para amalgamar el registro literario con el coloquial de barrio, pero por sobre todas sus cualidades el autor tiene una increíble capacidad para contar historias que trazan puentes afectivos con sus lectores.»
www.milcaracteres.com.ar

Extractos de…
La vida que pensamos


(…) Esperándolo a Tito
Yo lo miré a José, que estaba subido al techo del camión de Gonzalito. Pobre, tenía la desilusión pintada en el rostro, mientras en puntas de pie trataba de ver más allá del portón y de la ruta. Pero nada: solamente el camino de tierra, y al fondo, el ruido de los camiones. En ese momento se acercó el Bebe Grafo y, gastador como siempre, le gritó: “¡Che, Josesito!, ¿qué pasa que no viene el ‘maestro’? ¿Será que arrugó para evitarse el papelón, viejito?”. Josesito dejó de mirar la ruta y trató de contestar algo ocurrente, pero la rabia y la impotencia lo lanzaron a un tartamudeo penoso. El otro se dio vuelta, con una sonrisa sobradora colgada en la mejilla, y se alejó moviendo la cabeza, como negando. Al fin, a Josesito se le destrabó la bronca en un concluyente “¡andálaputaqueteparió!”, pero quedó momentáneamente exhausto por el esfuerzo.

Ahí se dio vuelta a mirarme, como implorando una frase que le ordenara de nuevo el universo. “Y ahora qué hacemos, decime”, me lanzó. Para Josesito, yo vengo a ser algo así como un oráculo pitonístico, una suerte de profeta infalible con facultades místicas. Tal vez, pobre, porque soy la única persona que conoce que fue a la facultad. Más por compasión que por convencimiento, le contesté con tono tranquilizador: “Quedate piola, Josesito, ya debe estar llegando”. No muy satisfecho, volvió a mirar la ruta, murmurando algo sobre promesas incumplidas.

Aproveché entonces para alejarme y reunirme con el resto de los muchachos. Estaban detrás de un arco, alguno vendándose, otro calzándose los botines, y un par haciendo jueguitos con una pelota medio ovalada. Menos brutos que Josesito, trataban de que no se les notaran los nervios. Pablo, mientras elongaba, me preguntó como al pasar: “Che, Carlitos, ¿era seguro que venía, no? Mirá que después del barullo que armamos, si nos falla justo ahora...”.

Para no desmoralizar a la tropa, me hice el convencido cuando le contesté: “Pero muchachos, ¿no les dije que lo confirmé por teléfono con la madre de él, en Buenos Aires?”. El Bebe Grafo se acercó de nuevo desde el arco que ocupaban ellos: “Che, Carlos, ¿me querés decir para qué armaron semejante bardo, si al final tu amiguito ni siquiera va a aportar?”. En ese momento saltó Cañito, que había terminado de atarse los cordones, y sin demasiado preámbulo lo mandó a la mierda. Pero el Bebe, cada vez más contento de nuestro nerviosismo, no le llevó el apunte y me siguió buscando a mí: “En serio, Carlitos, me hiciste traer a los muchachos al divino botón, querido.

Era más simple que me dijeras mirá, Bebe, no quiero que este año vuelvan a humillarnos como los últimos nueve años, así que mejor suspendemos el desafío”. Y adoptando un tono intimista, me puso una mano en el hombro y, hablándome al oído, agregó: “Dale, Carlitos, ¿en serio pensaste que nos íbamos a tragar que el punto ese iba a venirse desde Europa para jugar el desafío?”. Más caliente por sus verdades que por sus exageraciones, le contesté de mal modo: “Y decime, Bebe, si no se lo tragaron, ¿por qué hicieron semejante quilombo para prohibirnos que lo pusiéramos?: que profesionales no sirven, que solamente con los que viven en el barrio. Según vos, ni yo que me mudé al Centro podría haber jugado”.

Habían sido arduas negociaciones, por cierto. El clásico se jugaba todos los años, para mediados de octubre, un año en cada barrio. Lo hacíamos desde pibes, desde los diez años. Una vuelta en mi casa, mi primo Ricardo, que vivía en el barrio de la Textil, se llenó la boca diciendo que ellos tenían un equipo invencible, con camisetas y todo. Por principio más que por convencimiento, salté ofendidísimo retrucándole que nosotros, los de acá, los de la placita, sí teníamos un equipo de novela. Sellar el desafío fue cuestión de segundos. El viejo de Pablo nos consiguió las camisetas a último momento. Eran marrones con vivos amarillos y verdes. Un asco, bah. Pero peor hubiese sido no tenerlas (…).

Tomado de las páginas: 11, 12, 13 del libro.

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Sarah Lee Méndez

Directora / Jefe de Prensa / Editora Contenido / Twitters: @AnastasiaLeeEdi @revistawhatsup @AficionesCol / Instagram @siganenconexion

Con más de una década de experiencia en relaciones públicas, manejo de redes sociales, CM, diseño de Blogs, fotógrafa para eventos.

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