martes, 15 de abril de 2014

Benjamin Black LA RUBIA DE OJOS NEGROS

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La obra

La última aventura de Philip Marlowe es un regreso al corazón de la novela negra, con todos los ingredientes clásicos del género:

Una muerte misteriosa: cuando Clare Cavendish irrumpe en el despacho de Marlowe y le pide que indague en la desaparición de su antiguo amante, se pone en marcha una cadena de acontecimientos difíciles de predecir y con más ramificaciones de las que ninguno de los dos es capaz de imaginar.
 
Un detective de vuelta de todo: el mismo Philip Marlowe que se ha ganado por derecho propio un lugar de honor entre los mejores personajes literarios de todos los tiempos.
 
Un mundo lleno de secretos: más allá de la magistral habilidad de Benjamin Black para recrear la atmósfera de los años cincuenta, el detective abre al lector la puerta al universo de una de las familias más ricas de Bay City (Los Ángeles, California), desde su mansión hasta el elitista club Cahuilla que frecuentan, y a todos los secretos que se esconden bajo la luz deslumbrante de su fortuna.

Un pasado que se empeña en interferir en el presente: los eternos personajes y escenarios de Raymond Chandler encuentran un relevo sublime en la prosa de Black.

Los policías Bernie Ohls y Joe Green, su exprometida Linda Loring, los éxitos y fracasosde su vida personal y su carrera… y sobre todo, ahora, el recuerdo constante de su amigo Terry Lennox, protagonista del último título de Chandler, El largo adiós.
 
Una mujer fatal: la hermosa clienta, tan irresistible como manipuladora, que entra en tromba en el despacho y en la vida de Marlowe, poniéndola patas arriba y espoleándole a cerrar los ojos al peligro que corre. Esta vez Marlowe tendrá que lidiar con dos tentaciones difíciles de esquivar: una, la del misterio cada vez mayor que se niega a ser resuelto; otra, la que envuelve como un manto a la seductora rubia de ojos negros.

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El autor
John Banville. Foto archivo particular

Benjamin Black es el seudónimo de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945). Banville ha trabajado como editor de The Irish Times y es habitual colaborador de The New York Review of Books.

En 2005 obtuvo el Premio Booker con El mar, consagrada además por el Irish Book Award como mejor novela del año. Entre sus novelas destacan también El Intocable, Eclipse, Imposturas, Los infinitos y Antigua luz (Alfaguara, 2012), uno de los mejores libros del año según la crítica. En 2011 recibió el prestigioso Premio Franz Kafka, considerado por muchos como la antesala del Premio Nobel; en 2012 el escritor Javier Marías lo nombró duque del Reino de Redonda, un reconocimiento personal a sus escritores admirados, y en 2013 fue galardonado con el Premio Austriaco de Literatura Europea, y, en España, con el Premio Leteo y el Premio Liber.

Bajo el seudónimo de Benjamin Black, ha publicado en Alfaguara El lémur (2009), la serie de novela negra protagonizada por el doctor Quirke, adaptada a la televisión por la BBC británica, con guion de Andrew Davies y Gabriel Byrne en el papel de Quirke —El secreto de Christine (2007), El otro nombre de Laura (2008), En busca de April (2011), Muerte en verano (2012) y Venganza (2013)—, y la esperada novela La rubia de ojos negros, protagonizada por el mítico detective Philip Marlowe y escrita por invitación de los herederos de Raymond Chandler.

Sinopsis

«Era martes, una de esas tardes de verano en que la Tierra parece haberse detenido. El teléfono, sobre la mesa de mi despacho, tenía aspecto de sentirse observado. Por la ventana polvorienta de la oficina se veía un lento reguero de coches y a un puñado de buenos ciudadanos de nuestra encantadora ciudad, la mayoría hombres con sombrero, que deambulaban sin rumbo por la acera.» Así comienza La rubia de ojos negros, la última novela de Philip Marlowe. Sí, el mismo Philip Marlowe. Benjamin Black pone su pluma al servicio del espíritu de Raymond Chandler y resucita al genial detective privado para embarcarle en una nueva aventura en las sucias calles californianas de Bay City.

Arranca la década de los cincuenta, Marlowe se siente tan inquieto y solo como siempre, y el negocio anda en horas bajas. Es entonces cuando irrumpe en su despacho una nueva clienta: joven, hermosa y elegantemente vestida, pretende que Marlowe encuentre a un antiguo amante, un hombre llamado Nico Peterson. Él se pone manos a la obra, pero casi de inmediato descubre que la desaparición de Peterson no es más que el primero de una serie de sucesos desconcertantes. Antes de que se dé cuenta, Marlowe se verá enredado con una de las familias más ricas de Bay City y pronto comprobará cuán lejos están dispuestos a llegar con tal de proteger su fortuna.

Solo Benjamin Black, un maestro moderno del género, era capaz de escribir una nueva aventura de Philip Marlowe con toda la riqueza y el encanto de las originales y, al tiempo, crear una historia tan nueva e ingeniosa como las mejores novelas negras de hoy en día.

Personajes

Philip Marlowe
«Cuando te detienes a pensar, el mundo es un lugar aterrador. Y eso sin tener en cuenta a la gente. Hasta entonces había creído que Clare Cavendish podía romperme el corazón, sin darme cuenta de que ya estaba roto. Vivir para aprender, Marlowe. Vivir para aprender.»

Marlowe ha vivido mucho —empieza a sentirse demasiado mayor para ese trabajo— y ha perdido más aún, aunque prefiere no detenerse a pensarlo. Sin duda uno de los detectives más célebres de siempre, el personaje creado por Raymond Chandler mantiene con Black sus señas de identidad: el cinismo afilado, cierta melancolía, la mente aguzada, lista para ver un paso más allá de lo que revelan las pruebas, una curiosidad a prueba de balas y la mala costumbre de dejarse enredar por unas caderas bonitas o unos ojos profundos.

Clare Cavendish
«Tenía una facilidad para quitarse de encima lo que le molestaba, las cosas que no le gustaban o de las que no deseaba ocuparse, que me dejaba siempre atónito. Es un mecanismo que solo una vida regalada puede enseñarte… Clare Cavendish era una de esas personas a quienes el mundo protege de sus horrores.»

Cuando la rubia de ojos negros entra en su despacho, Marlowe sabe que ha venido para quedarse. Por las venas de Clare corre la sangre irlandesa de Dorothea Langrishe, fundadora de la afamada Langrishe Fragances. ¿La conclusión? Es tremendamente rica, pero ni la estupenda mansión donde vive con su esposo, su madre y su hermano, ni los muchos caprichos que el dinero puede conseguir han logrado que Clare Cavendish sea una mujer feliz. «Tenía clase, tenía pasta para aburrir, estaba casada con un jugador de polo y conducía un deportivo italiano. ¿Qué diablos hacía en la cama conmigo?»

Richard Cavendish
«El señor Cavendish y yo tenemos… ¿Cómo se lo explicaría? Tenemos un acuerdo. (…) Estoy segura de que sabe muy bien de qué tipo de acuerdo le hablo. A mi marido le gustan los ponis de polo y las camareras que sirven cócteles. No necesariamente en ese orden.»

Marlowe cala al marido de Clare a la primera: el jugador de polo seductor y guapo que se casa con una joven rica y convierte su vida en un infierno, quejándose sin cesar de lo mal que lo pasa gastándose el dinero de ella y lo duro que eso resulta para su orgullo. Ve en él la sombra de la frustración, pero ¿puede guardar este hombre la clave de la desaparición de Nico Peterson?

Dorothea Langrishe

«La imagen de Clare Cavendish estaba grabada en mi mente y yo suponía que la madre sería una copia de su hija. ¡Qué equivocado estaba! La escuché antes de verla. Tenía voz de estibador irlandés, áspera, fuerte y ronca… Lo único que tenía en común con Clare eran sus ojos, con aquel iris negro y brillante que era, sin duda, un rasgo de familia.»

Dorothea era viuda cuando llegó desde Irlanda con una niña pequeña y empezó su negocio de perfumes en Los Ángeles. Ahora, todo el mundo está al tanto de su enorme éxito. Clare trabaja para ella, o con ella, como su madre prefiere decir. La señora Langrishe está decidida a averiguar qué pinta exactamente Marlowe en la vida su hija, y no va a admitir un no por respuesta. «Podía tener el aspecto de la lavandera irlandesa de la canción Irish Washerwoman y hablar como un peón, pero era tan incisiva como el alfiler de su sombrero.»

Nico Peterson
«Desde que Clare Cavendish entrara en mi oficina, Peterson se había convertido en una presencia fantasmal, trémula y esquiva. Como una de esas motas flotantes y escurridizas que aparecen en la visión y que se escabullen cada vez que intentas fijarte en ellas.»

Nico Peterson es todo un playboy, o eso le gusta aparentar. Una especie de agente de actrices que aún no ha dado con una buena apuesta, un mujeriego con bigotito y el pelo engominado y peinado con una bonita onda que se dedica, como dice Clare, a «ver a gente» —«Prácticamente cada vez que le veía él estaba a punto de marcharse a algún asunto urgente»—. Todo en torno a él parece demasiado pobre para una mujer del calibre de la rubia de ojos negros, pero entonces ¿qué secreto esconde?, y ¿qué contactos que jamás debió hacer le llevaron a un callejón sin salida?

Floyd Hanson
«Lo más llamativo de su persona era su quietud. Cuando callaba o estaba quieto parecía que algo se desconectaba automáticamente dentro de él, como para no malgastar energía.»

El director del Cahuilla está acostumbrado a llevar las riendas de todo cuanto ocurre en su alrededor. Observador, atento, de modales exquisitos, es la mano derecha del propietario del club —Wilberforce Canning: a ojos de la sociedad, un filántropo convencido— y se diría que nada puede sorprenderle o impresionarle. La persona perfecta para mantener a raya el sórdido mundo que aguarda tras las puertas doradas del Cahuilla. Pero hay algo más y Marlowe lo sabe, « ¿qué era lo que sabía y no quería contarme?».

Joe Green
«Aunque brevemente, Joe había intentado inculparme en el pasado como cómplice de un asesinato de primer grado. Ese es el tipo de cosas que crean un vínculo entre dos personas.»

No es que Marlowe considere a Joe un amigo —más bien es un conocido con quien había que andar con pies de plomo—, pero desde luego le respeta como policía porque muchas veces antes ha visto hasta qué punto se deja la piel por su trabajo, y sabe que puede contar con él a la hora de conseguir cierta información que a él le estaría vedada.

Bernie Ohls
«—Maldita sea, Marlowe. Debería llevarte a comisaría y ficharte —me amenazó. Esa era la política de Bernie, puesta a prueba y validada a lo largo de su carrera: ante la duda, fíchalos.»

Ohls trabaja en la Oficina del Sheriff —de hecho, formó parte de la investigación que siguió a la huida de Terry Lennox—, tiene un carácter de perros, e incluso en sus mejores días la relación entre él y Marlowe resulta más bien conflictiva —«tiende a tocarme las narices o yo tiendo a tocarle las suyas, dependiendo del tiempo que haga y del momento del día»—. Aun así, Bernie es un buen sabueso y un tipo decente, «la clase de persona que deseas tener a tu lado cuando estalla una pelea».

Terry Lennox
«Aún echaba de menos a Terry. Era un desastre absoluto, pero era mi amigo y en aquel mundo, mi mundo, eso era raro, pues yo no hago amigos fácilmente. Me pregunté dónde se encontraría y en qué estaría metido.»

Terry era el marido de Sylvia Lennox, hermana de Linda Loring —con quien Marlowe tuvo una historia que por poco no acabó en el altar—. A pesar de la bebida, de las mujeres y de la gente con que se relacionaba, a pesar incluso de los líos en los que le metió en su huida hacia Otatoclán en El largo adiós, cuando lo acusaron de la muerte de su esposa Sylvia, para Marlowe, «Terry era, a su manera, un hombre de honor», su ideal de caballero.

Y pasara lo que pasara en su vida, aunque llevase desde su huida sin verlo, su amigo permanecería en su recuerdo «con su patética sonrisa, haciendo girar un vaso de gimlet con sus dedos marfileños».

Extractos de… La rubia de ojos negros

¿Te has fijado cómo sube los escalones una mujer? Así subió Clare Cavendish, con la cabeza inclinada y la vista fija en los pies, que colocaba con precisión uno delante del otro, escalón a escalón. Igual que una patinadora sobre hielo dibujando una línea de diminutos ochos.
—Soy Edwards, Everett Edwards. En realidad, Everett Edwards Tercero.
— ¿Quieres decir que ya ha habido dos como tú?
Se relajó un poco y, encogiéndose de hombros con gesto infantil, sonrió.
—Es un nombre estúpido —dijo, mordiéndose el labio.
Yo también me encogí de hombros.
—No nos dan la oportunidad de elegir nuestro nombre.
— ¿Te acuestas con todos tus clientes?
Escuché su voz sensual a mi espalda. Giré el rostro en la almohada hacia ella.
—Solo con las mujeres.
Sonrió. Las sonrisas más bonitas poseen una pizca de melancolía. Así era la suya.
Me gusta contemplar a las mujeres cuando se visten. No es tan divertido como contemplarlas cuando se desvisten, desde luego. Se trata, más bien, de una experiencia estética.
La mente tiene puertas que insiste en ignorar y en mantener firmemente cerradas hasta que llega un día en que ya no es posible contener lo que hay afuera y las bisagras ceden y las puertas se abren y las cosas más asombrosas salen a la luz a trompicones.
Miré al ventanal. El azulejo voló de nuevo hacia la palmera y desapareció en las sombras, entre las hojas. Así era la felicidad: estaba ante tus ojos y, al minuto siguiente, había alzado el vuelo.
No pude evitar un leve suspiro. «Muerte, no te envanezcas», escribe el poeta, pero siempre me pregunto por qué la Parca no debería sentir cierto orgullo, dada la meticulosidad con que trabaja y su imbatible récord de éxitos.
Abrí el cajón de la mesa donde se supone que guardo los expedientes, saqué una botella y me serví un trago en un vaso de papel.
Cuando eres consciente de que has metido la pata, lo mejor que puedes hacer es masacrar unos cuantos millones de neuronas.
Aún tenía la sensación de que había algo turbio en aquel asunto, algo que no me habían contado. Sospechar se convierte en una costumbre, igual que todo lo demás. ¿Pensaría ella alguna vez en él, abatido y con el corazón roto en aquel pueblo, entre campos de maíz? A mí me daba lástima, aunque a ella le diera igual. Me encontraba en ese estado de ánimo; era ese tipo de momento tras la lluvia.
Nos sentamos. Ella cruzó las piernas y colocó el vaso sobre su rodilla. Apenas había tocado su whisky. En la lejanía resonó el ulular de una sirena de policía. Encendí un cigarrillo. Hay momentos en que te sientes como si te hubieran llevado al borde de un acantilado y te hubieran dejado allí.
Los objetos estaban ahí, eran parte del escenario, pero yo no les prestaba atención. Sin embargo, aquella lámpara era lo último que veía cada la noche al apagarla y, aún en la oscuridad, su imagen permanecía grabada en mis ojos durante un rato. ¿Qué dijo Oscar Wilde del papel que cubría las paredes de la habitación donde agonizaba?
Uno de nosotros dos tiene que desaparecer.
Tal vez fuera el momento de olvidarse de Nico Peterson y de su hermana y del Club Cahuilla y de Clare Cavendish… Aunque, me dije, espera un momento. ¿Clare? Sería fácil olvidarse del resto, pero no de la rubia de ojos negros. Aunque ya lo hubiera dicho antes, sabía que encontraría motivos en el futuro para repetirlo: las mujeres solo traían problemas, dijeras lo que dijeras e hicieras lo que hicieras.
Desplacé mi vaso de cerveza unos centímetros y a continuación lo devolví a donde había estado, el círculo de espuma que había dejado sobre la barra. Hacía un par de horas Clare Cavendish había hecho exactamente lo mismo. Cuando una mujer se te mete en la cabeza, todo te recuerda a ella.

La crítica ha dicho sobre… El autor

« [Banville es] el mejor escritor en activo en su idioma y, si hay justicia, Nobel cercano (…) Leemos a Banville para recordar qué era eso de leer: leer a Banville es descubrir que podemos hablar el mejor de los idiomas.»
RODRIGO FRESÁN, ABC Cultural

«John Banville, recurrente candidato al Nobel, se mueve en terrenos proustianos y nabokovianos armado con un arma definitiva: el estilo.»
NADAL SUAU, El Cultural

«A las palabras, John Banville, autor insólito, sugerente, les saca brillo.»
JESÚS RUIZ MANTILLA, El País

«La grandeza de Banville reside en su prosa límpida, armada frase a frase con maneras de orfebre.»
JAVIER APARICIO MAYDEU, Babelia

«Es un maestro y su prosa es un deleite incesante.»
MARTIN AMIS

«La ficción contemporánea no tiene nada mejor (…) Los libros de John Banville rebosan vida y humor.»
The New York Times Book Review

«El escritor de lengua inglesa más inteligente, el estilista más elegante.»
GEORGE STEINER

«Una narrativa peligrosa, clara y fluida.»
DON DELILLO

La crítica ha dicho sobre…La rubia de ojos negros

«Banville ha encarnado a Chandler de manera irresistible: un doble golpe de misterio. Es muy difícil encontrar a alguien capaz de aportar algo a Chandler con un resultado beneficioso. Banville lo ha conseguido sin la más mínima duda.»
RICHARD FORD
«Allá donde se encuentre, Raymond Chandler sonríe ante la impecable factura de esta novela negra en la que resuenan perfectamente afinados los ecos de la melancolía del propio Chandler. La historia es fantástica, pero lo que me ha dejado boquiabierto es cómo John Banville ha captado el efecto acumulativo que la prosa de Chandler tenía sobre el lector.

Es algo que resulta complicado cuantificar, pero es a la vez lo que diferenciaba las novelas de Marlowe de la corriente general del género negro (que incluía a ciertos novelistas tan destacados como David Goodis y Jim Thompson): la profunda tristeza. Me ha encantado esta obra. Ha sido como si entrase en la habitación un viejo amigo, uno que ya tenías asumido que había muerto. Algo así como Terry Lennox, oculto tras aquellas cortinas.»
STEPHEN KING

«Siento mucho decir esto, pero el mejor libro del año no va a salir hasta dentro de cuatro meses (…) Black/Banville ha conseguido capturarlo todo: tanto la belleza como la brutalidad de los bajos fondos de Los Ángeles. Yo, por mi parte, espero que el universo contenga la sabiduría necesaria para que Benjamin Black / John Banville continúe escribiendo novelas de Philip Marlowe. Necesitamos más.»
Seattle Mistery Bookshop

«No cabe la menor duda de que este es el auténtico Philip Marlowe, más mayor, quizá más sabio, pero aún el mismo intelectual y pragmatista claramente definido que decide moverse entre los pecadores veniales y mortales de la vida en Los Ángeles. Tampoco cabe ninguna duda de que esta es una nueva voz de autor, una voz del siglo xxi que domina las sensibilidades del lector contemporáneo y domina con mano firme la lengua inglesa y la novela negra. Ah, sí, y también queda claro que es irlandés. La historia se centra en unos personajes principales y unas líneas argumentales que proceden del mejor Chandler, y brinda un sutil homenaje a sus orígenes. Esperemos que Black/Banville no abandone esta idea, ya que atraerá a un grupo de lectores completamente nuevo además de satisfacer a los fans de Marlowe más acérrimos.»
Dulwich Books

«A pesar de la extensa experiencia de Robert B. Parker en el género detectivesco, su secuela de El sueño eterno, la novela Perchance to Dream, palidece si la comparamos con la recreación del personaje, la época y el entorno a cargo de Black (…) Amén de un misterio bien tramado, podemos decir que Black lo eleva más allá de un simple homenaje respetuoso, al sumar una muy creíbles emociones a su torturado protagonista.»
Publishers Weekly, lectura seleccionada

«Esta entrega de Black (Muerte en verano; Venganza) es una historia de misterio mucho más compleja y satisfactoria que las de otros autores que intentaron antaño. Como veredicto, digamos que esta última interpretación del sabueso de Chandler atraerá a los fans de su autor original y a los del propio Marlowe, pero también la disfrutarán con ganas los recién llegados a uno de los primeros detectives privados entre los grandes del género de la novela negra.»
Library Journal

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Sarah Lee Méndez

Directora / Jefe de Prensa / Editora Contenido / Twitters: @AnastasiaLeeEdi @revistawhatsup @AficionesCol / Instagram @siganenconexion

Con más de una década de experiencia en relaciones públicas, manejo de redes sociales, CM, diseño de Blogs, fotógrafa para eventos.

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