viernes, 6 de junio de 2014

Siempre fue ahora o nunca - Rafael Baena

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Siempre-fue-ahora-o-nunca-Rafael-Baena

Siempre-fue-ahora-o-nunca-Rafael-Baena

Colección: Hispánica
Formato: 15 x 24 cm
Páginas: 632
ISBN: 978-958-758-688-6
Nacionalidad autor: Colombia
PVP: $45.000



 La obra

Múltiples voces interpretan a su manera la vida en el territorio de la guerra.

La guerra como escenario del fracaso humano y factor que determina la vida de las personas y banaliza la muerte; el conflicto armado como sepultura de sueños y azaroso motor de un cambio que nunca se produce. Ese es el fondo de Siempre fue ahora o nunca, el tema recurrente en las anteriores novelas de Rafael Baena, quien en esta oportunidad abandona el siglo XIX de Tanta sangre vista, ¡Vuelvan caras, carajo! y La bala vendida para viajar en el tiempo hasta la segunda mitad del XX, período en el que incluso los indiferentes o quienes se aferraron a la neutralidad fueron afectados por los hechos.

Lo conocimos cuando era un fotógrafo con una mirada inteligente e intuitiva, que después puso al servicio de las palabras: la narración fluida a la que nos acostumbró como novelista, las historias que fascinan e hipnotizan, se explican en parte por esa mirada excepcional. Pero a la hora de escribir Siempre fue ahora o nunca Rafael Baena renunció a la comodidad, a sabiendas de que la historia de su generación es un caleidoscopio, una multitud de voces divergentes, quebradas por los desencuentros, por las rupturas.

El resultado es una novela que cuenta todo lo que conocemos de una manera que no conocíamos. Siempre fue ahora o nunca deja constancia de nuestra vida sin enjuiciamientos y sin mentiras.

Margarita Valencia

 El autor habla de… Siempre fue ahora o nunca

Si quisiera ser ampuloso podría decir que Siempre fue ahora o nunca es una novela que marca el final de un ciclo personal de búsqueda, a través de la literatura, de las explicaciones posibles a las diferentes violencias colombianas en los últimos sesenta años. Pero la verdad es que en toda esa parrafada la única palabra cierta es ‘personal’. El resto es carreta porque no he cumplido ningún ciclo y las explicaciones no aparecieron ˗ni aparecerán˗ en ningún momento, quizá porque la literatura es simplemente literatura y no un motor de búsqueda.

Sin embargo, sí se trata de una novela personal. Tanto, que costará mucho trabajo quitarle el rótulo de autobiográfica, dado que dos de sus principales protagonistas trabajan en el mismo oficio que yo ejercí durante más de tres décadas.

Son reporteros confundidos entre la violencia y el periodismo entendido como industria de la información, que tratan de sacar adelante sus vidas a pesar de todo eso y también a pesar de sí mismos.

Tampoco sería exacto limitarse a decir que es una historia sobre periodistas, porque también hay en ella guerreros; de todos los bandos, representantes de los diferentes puntos del espectro ideológico que, en medio de la degradación del conflicto, refunden la ética de combate y en algunos casos no tienen inconveniente en cambiar de bando. Y además hay hippies y charlatanes y mujeres empeñadas en romper los paradigmas que las asfixian y drogas y sexo y rock and roll. Una novela que pretendió ser un fresco de lo vivido por mi generación, la de los nacidos en la década de 1950, y que en algún momento tuvo por título Haciendo muecas a la pelona porque sus personajes viven un perpetuo tira y afloje con la muerte, factor que en Colombia está tan presente como banalizado.

Pretendí meter en ella todo lo que pude, no sólo porque cualquier autor debe tener ese rasgo de honestidad, sino porque en el momento de empezarla vivía una circunstancia personal que me inducía a pensar que quizá sería mi último libro. Resultó que no era así, por fortuna para mí y probablemente para infortunio de la literatura, pues desde ese momento he empezado dos trabajos más, uno de ellos culminado.

Siempre fue ahora o nunca es, en últimas, un intento de concretar todos los rodeos que hice en las novelas anteriores, casi todas asentadas cómodamente en el siglo XIX con la cobarde intención de ocultar las tristezas del presente bajo los eufemismos del pasado, sin verme obligado a mencionar muertos y hechos que aún nos duelen a todos, no tanto porque sean recientes en el tiempo sino porque de alguna forma continúan ocurriendo.

La crítica ha dicho sobre… Siempre fue ahora o nunca

Siempre fue ahora o nunca es una excelente novela. Es impresionante cómo Rafael Baena logra contar la historia de este país contando historias individuales con el telón de fondo de la historia pública. Me corrijo: no, no es una excelente novela, es una gran novela que atrae la atención, absorbe en la lectura y de ningún modo deja indiferente al lector acerca del país que le sirve de escenario.

DARÍO JARAMILLO AGUDELO

Foto Jorge Chávez. Fundación La Cueva
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El autor

Rafael Baena nació en Sincelejo en 1956. Desde muy temprano viajó a Bogotá con el objetivo de realizar periodismo y fotografía.

El último trabajo de Rafael Baena fue como editor general de la revista Credencial. Ha sido redactor y reportero gráfico en el Diario del Caribe; en las desaparecidas revistas "Antena" y "Cambio 16"; y ha sido colaborador de la revista Cromos, El Espectador y en Noticias Uno.

Rafael Baena autor de Tanta sangre vista (Alfaguara, 2007), ¡Vuelvan caras, carajo!, Samaria Films XXX y La bala vendida (Alfaguara, 2011).

Lector y escritor de tiempo completo.

Primeras páginas de… Siempre fue ahora o nunca

Fama y pudor

Es falsa la creencia según la cual los periodistas derivan un especial placer cuando son portadores de malas noticias. De hecho en este momento no siento ningún goce o deleite al transmitir otra mala noticia: este libro ha sido escrito por mí, Raquel Arbeláez, una periodista. Nada sorprendente, dado que los carga ladrillos con ínfulas de literatos somos una de las plagas contemporáneas mayormente extendidas junto con los textos de autoayuda, las memorias, las autobiografías de personajes con egos inversamente proporcionales a su importancia y la profusión de obras en las que el autor pretende que el lector aporte la magia y haga el trabajo que él no hizo.

Por otra parte lamento que no sea una novela, aunque espero que su ritmo y cadencia logren que parezca una de ellas. Se trata de una crónica escrita a partir de mis recuerdos y de testimonios cuya literalidad intenté respetar grabando las voces de algunos de los protagonistas. La que escribe soy yo, pero fueron ellos quienes realmente me llevaron a emborronar cuartillas.

Desde jovencita, al descubrir el gozo que me producía referir historias, muchas de ellas fantasiosos episodios en los que la protagonista no era yo sino algún personaje real o imaginario, acaricié la idea de ser escritora y obré en consecuencia: contaba un pequeño cuento o garabateaba a los trompicones tal o cual verso, siempre con el tácito propósito de convertirme en poeta, convencida de que mis reflexiones y pequeñas epifanías adolescentes podían ser leídas como versos.

Muy pronto entendí que si de verdad deseaba cumplir mi sueño necesitaba tener algo que decir, lo cual no era el caso. Cada idea que venía a mi mente era superada de inmediato por mis lecturas, a todas luces superiores a cualquier invención propia. Con mis versos el problema era más grave, porque a pesar de la métrica aprendida en las clases de español, el resultado era malo de solemnidad, para decirlo de una buena vez. Por eso a la hora de graduarme del colegio y elegir cómo ganarme el pan opté por estudiar derecho, como escalón previo al ejercicio del periodismo, un oficio no necesariamente literario que me permitiría llenar con hechos el vacío de ideas y en el que abunda la materia prima para cualquier prosista que sepa dónde buscar. Y a partir de entonces no he escrito nada distinto a textos de prensa, siempre respaldados por los apuntes de mi libreta de reportera, que lo he sido a mucho honor.

Y entonces, después de toda una vida ejerciendo el oficio, justo al llegar a esa cierta edad en la que una percibe el final del camino y al mismo tiempo repasa el trecho recorrido, mi amigo Toño me pidió que le ayudara a persuadir a su padre, el general Almanzor, para que me dictara un libro con sus memorias.

Al principio el veterano soldado no quería siquiera hablar del tema, pues no creía que su vida tuviera algo de extraordinario. Ni Toño ni yo estábamos de acuerdo y la actitud del general nos pareció una falsa modestia más relacionada con la soberbia que con el recato. Después, en pleno forcejeo de persuasión, cuando su hijo y yo le argumentamos que él era un testigo privilegiado de la historia del siglo XX, dijo estar de acuerdo con que esos años merecían ser contados, pero no a través de él sino de nosotros, los herederos de lo que él considera un legado desastroso. No lo dijo de esa forma sino que lo expresó con esa muy particular mirada suya que te traspasa y te hace sentir idiota, débil e ignorante.

Desde aquella conversación en que salí con su negativa entre pecho y espalda volví a visitarlo algunas veces por si acaso cambiaba de opinión, pero lo único que conseguí fue el amable ofrecimiento de tomar una taza de café antes de devolverme por donde había llegado. A la postre terminaría accediendo, pero en el entretanto concluí que él tenía razón y que no estaba de más dejar constancia, escribir las memorias de mi generación, una crónica bastante particular, un subjetivo reportaje sobre el mundo que nos tocó en suerte. Siendo lo contemporáneo el tema, no me importa reconocer mi clara intención de afianzarme sobre el trípode sexo-drogas-rock and roll para cumplir con mi propósito, pero sin dejar de lado el colombianísimo ingrediente de la violencia, que según creemos los pesimistas determina nuestro ADN nacional.

De modo que entremos en materia. Si empleo la primera persona del plural no es por embeleco mayestático sino con el explícito propósito de incluirlo a usted, amable lector, o lectora. Envuelvo los dos géneros para que nadie sienta la tentación de acusarme de empezar este texto con pie políticamente incorrecto. Es una forma de vacunarme contra ese tipo de imputaciones, porque estoy segura de que en adelante me serán reprochadas todas las incorrecciones políticas en las que incurriré a lo largo de mi travesía por el pantanal de documentos y recuerdos que constituyen mi arsenal para salir airosa del trance. Incorrecciones por las cuales no voy a pedir excusas, ni más faltaba.

También considero necesario referirme al pudor de publicar para ser leída. Se supone que a estas alturas debería estar curada de ese espanto, dado que me he pasado la vida respaldando con mi firma los artículos que escribo. Bueno, no todos, dado que en mi oficio se produce más mierda que diamantes y para cualquier redactor de prensa resulta imposible sustraerse a la obligación de escribir morralla, que puede ir desde los pies de foto de las páginas sociales hasta el horóscopo, sin olvidar uno que otro favor solicitado por un anunciante amigo del director, caso muy frecuente en los medios donde se considera que el oficio debe estar, primero que todo, al servicio del orden económico y, ya en segundo plano, para defender la verdad, la objetividad y todo ese rosario de valores que poco a poco van diluyéndose en el día a día de la supervivencia editorial.

Libros publicados de… Rafael Baena

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Sarah Lee Méndez

Directora / Jefe de Prensa / Editora Contenido / Twitters: @AnastasiaLeeEdi @revistawhatsup @AficionesCol / Instagram @siganenconexion

Con más de una década de experiencia en relaciones públicas, manejo de redes sociales, CM, diseño de Blogs, fotógrafa para eventos.

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